Un cliché de los 30’s

Los sentidos de Thornevald

 Corría el año de 1937 y en la ciudad de Chicago, tras varios días de lluvia y sin un solo trabajo, el detective privado Sam Mallone comía en su oficina su última lata de maíz, acompañándola con su también última botella de ron.
La tarde estaba por terminar, aunque parecía noche desde hace un par de horas a causa de la llovizna intermitente y el cielo cerrado. Él pensaba si pasar otra noche en su pequeño departamento o ir en busca de Sally, al restaurante donde trabajaba e intentar nuevamente que la bella y joven mesera accediera a salir con él.
Dio un sorbo más a la botella de ron y guardó el resto en el cajón, para tener algo que beber al día siguiente; tomó su sombrero y su gabardina, abrió la puerta y vio a una dama con la mano levantada a punto de tocar. Su…

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Adivina el año

Louis Armstrong

 

 

 

 

 

 

“El tiempo es el mejor autor, siempre encuentra el final perfecto” (Charles Chaplin).

 

Comprendo la importancia de económica que conlleva la modernidad, sobre todo luego de la gran guerra, y concuerdo con el presidente Cooldrige cuando señala que “No hay desarrollo físico, intelectual o técnico sin esfuerzo y el esfuerzo significa trabajo”, no obstante, dicha evolución representa sacrificio. Me sentía hastiado del trabajo y el bullicio citadino, entre el creciente estruendo de los modernos vehículos a motor, que resultaban más que audibles en cualquier rincón de mi hogar, ya no era capaz ni siquiera de disfrutar mi ansiada lectura de “La Fugitiva”, el más reciente libro de Marcel Proust, pues el ruido me distraía inexorablemente.

En ocasiones traté de leer en algún apacible café, mas la necesidad de escándalo por parte del pueblo parecía primar al placer del silencio y en cada rincón de la ciudad no se dejaba de escuchar a Louis Armstrong & His Hot Seven con su “Potato Head Blues”, que ya retumbaba en mi cabeza, seguro el mundo no llegará a conocer música más ruidosa y alocada.

Pocas tardes libres tiene el hombre trabajador, sin embargo, las hay y desaprovecharlas es ofender a la oportunidad. En una de dichas aisladas ocasiones me sentía con un espíritu particularmente aventurero, pues había leído en el diario matutino que Lindbergh había logrado aterrizar con éxito en París tras 33 horas de vuelo ininterrumpido. Lamentablemente yo no contaba con la posibilidad de arriesgarme a una aventura tal, empero sentía la necesidad de hacer algo diferente, por lo que al menos me atreví a ir al bosque, uno cercano a la ciudad, no obstante, poco frecuentado. El paraje era húmedo y frio esa tarde, mas no me resultó en absoluto despreciable, por el contrario, el menor cambio deriva en una experiencia que rasga la cotidianidad.

Recorrer caminos, para mí inexplorados, es un placer del que gocé en mi juventud temprana y esa tarde avivé mi osada curiosidad cansada, acompañado, por supuesto, de la escopeta que me obsequió mi padre, pues uno nunca sabe si se topará con un oso o algo más.

No mucho pasó de iniciada mi caminata, cuando lo que pareció un susurro ininteligible llamó mi atención. Me detuve y volteé a mi alrededor en la búsqueda de explicación, para encontrar que solo árboles vivos y hojas muertas acompañaban mi camino; di un par de pasos más para continuar mi exploración y nuevamente me pareció escuchar un bisbiseo aún incoherente para mis oídos, pero que no me dejaba duda de ser real. No podía distinguir su dirección y temí ser objetivo de rufianes, por lo que puse mi arma en guardia y exclamé en voz alta “Sal a donde pueda verte y no intentes nada, que vengo armado y aún sin escopeta, sábete que he entrenado con Tom Heeney, así que mis golpes son mortales”, esperando que al rufián no le influyese la reciente derrota de Heeney a manos del Español.

No recibí más respuesta que un murmullo similar al anterior, sin embargo, ahora podía ubicar una dirección y aún más, conforme me fui acercando distinguí una especie de ritmo extraño y entonces pude empezar a notar aquellas voces, eran personas, hombres y mujeres que hablaban de forma atípica por demás, es decir, hablaban mi idioma, pero con palabras extrañas, estrafalarias y un acento sumamente osco y vulgar, incluso en las mujeres.

Al estar más cerca pude distinguir una especie de campamento había dos varones y dos damas (aunque no sé si sea el calificativo adecuado), ninguno pasaba de los 20 años y sus atuendos eran desprolijos, ellas no lucían peinados, una era castaña y llevaba el cabello suelto apenas hasta los hombros y estaba sentada en una especie de silla hecha a base de delgados tubos y tela, extendiendo sus manos hacia la fogata que había al centro y que era avivada por uno de los jóvenes; mientras la otra, rubia y con el cabello atado en coleta, permanecía de pie hablando con un varón afroamericano y todos sostenían botellas verdes de las que sorbían de vez en cuando. Sus vestimentas eran muy singulares, todos vestían pantalones, incluso las mujeres y usaban gruesas chaquetas acolchonadas.

Particularmente llamó mi atención un objeto al lado de ellos, asumo que era un vehículo de motor, sin embargo, sus ruedas eran anchas y negras con un círculo de metal plateado al centro, el coche era de color rojo y totalmente cerrado, con ventanas a su alrededor y al frente lucía en plateado la palabra “Jeep”; de este salía una música extraña que repetía una y otra vez en su ritmo monótono: “Got the club goin’ up on a Tuesday, Got your girl in the cut and she choosey”.

Sin lugar a duda lo que me dejó helado, fue lo que pude interferir de su irregular conversación:

-Wey, no mames, que pedo con este pinche bosque Friky – expresó la castaña.

-Qué tiene de malo Barbie, la cosa era pasarla tipo cool y así – respondió el que avivaba el fuego.

-Claro compadre, de eso se trata – añadió el afroamericano, brindando con su botella verde.

-OK, Ray, pero, tipo, no teníamos que venir justamente al lugar donde se aparece el fantasma y así – interpuso de nuevo la castaña.

-¡Ah, chinga!, ¿Osea, cuál fantasma? – cuestionó el joven blanco.

-¿Apoco no saben? – dijo la rubia – el de un wey que se perdió en el bosque hace como, tipo, 100 años o algo así.

 

Desde mi propio Aleph, quedo con ustedes.

Hasta la próxima.

 

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Detén la Inercia

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“No es tan sólo la inercia, la responsable de que las relaciones humanas se repitan una y otra vez indescriptiblemente monótonas y sin renovar. La timidez se antepone a cualquier clase de experiencia no previsible que uno cree que no será capaz de afrontar, pero sólo alguien que está listo para todo, que no descarta nada, ni siquiera lo más enigmático, vivirá las relaciones con otra persona como algo vivo”. (R. M. Rilke)

Excepto individuos muy particulares, que destacan por su estilo de vida tan libre que en ocasiones los aísla en un feliz recaudo de racionalidad incomprendida, el resto pasamos por la vida flotando en la dirección en la que la inercia nos mueve, como una bola de billar que solo obedece al impulso recibido. Esta inercia nos dice que debemos trabajar, amar, procrear y morir, sin embargo, de vez en cuando es bueno detener la inercia y alterar la dirección para construir o transformar.

¿Qué harías si no tuvieras miedo? En mi mente las posibilidades son infinitas. El salir de un estado de confort que te llevará a terrenos desconocidos es a veces una idea espeluznante, no obstante, quienes por elección u obligación lo hemos hecho, hemos encontrado que hay una caterva de posibilidades y caminos que, para ser satisfactorios, dependen de recorrerlos con el optimismo necesario, empero, siguiendo una dirección bien pensada, siguiendo el consejo del Gato de Cheshire (El de Alicia, para los despistados):

– ¿Me podrías indicar hacia dónde tengo que ir desde aquí? -pregunta Alicia.

-Eso depende de a dónde quieras llegar -responde el gato.

-A mí no me importa demasiado a dónde.

-En ese caso, da igual hacia dónde vayas.

 (Alicia en el país de las maravillas – Lewis Carroll)

Hamlet también declara la importancia del valor para tomar acción contra el anclaje que produce el temor, aunque lo hace, por supuesto, en el más puro sentido fatalista, que en esta ocasión valdrá la pena pasar por alto, cuando exclama en su famoso soliloquio:

Ser o no ser, esa es la cuestión. ¿Qué es más digno para el espíritu, afrontar los golpes y dardos de la insultante fortuna, o tomar las armas contra un océano de calamidades y, haciéndoles frente, acabar con ellas?

[…]

Esta es la reflexión que da tan larga vida al infortunio. ¿Por qué soportar los desdenes y ultrajes del mundo, los agravios del opresor, las afrentas del soberbio, los tormentos de un amor desairado, la tardanza de la ley, las insolencias del poder y los desdenes que el paciente mérito recibe del hombre indigno, cuando uno mismo puede procurar su reposo con un simple estilete?

 ¿Quién querría llevar tales cargas, Gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa, Sino fuera por: Temor a algo tras la muerte, la ignorada región de cuyos confines ningún viajero retorna, Temor que desconcierta nuestra voluntad y nos hace soportar los males que nos afligen antes de lanzarnos a otros que desconocemos? Así la conciencia nos vuelve cobardes a todos y así los primitivos matices de la resolución desmayan en el pálido tinte del pensamiento, y así empresas de gran importancia, por estas consideraciones, tuercen su curso y pierden el nombre de acción.

 (Hamlet – William Shakespeare)

Es en realidad la inercia de la vida un temor no razonado y nuevamente no se razona por temor al desafío que produce la razón y el conflicto de una paradoja moral interior.

No puedo afirmar que afrontar el temor es siempre lo más indicado, el miedo existe por una razón: protegernos del tomar acciones que vulneren nuestra existencia; sin embargo, el temor irracional, es el que socaba la intencionalidad y significado que deseamos para nuestra vida.

Seamos racionales ante el temor y atrevámonos a detener la inercia cuando es esta la que nos lleva en un camino cuyo horizonte no fue planeado.

Enfrentemos la adversidad como lo hizo Orfeo en el Hades, con la confianza y conciencia de que contamos con las habilidades para sortear cada reto, y cultivemos la paciencia que le faltó a él para recuperar a Eurídice y evitar así que todo nuestro esfuerzo sea en vano.

Desde mi propio Aleph, quedo con ustedes.

Hasta la próxima.

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Antonio y la Criatura

Antonio a lo largo de su vida había tenido aventuras increíbles, algunas de ellas solo podrían existir en la imaginación de un ávido escritor de ficción; sin embargo lo que hoy tenía en frente no tenía parangón; la bestia que tanto habían descrito sus ancestros era real y hoy la tenía enfrente.

En la espera del momento, pensaba cuál sería su reacción cuando se encontrara con este ser y hoy que al fin podía verlo sentía como se erizaba cada bello de su piel, sus ojos desorbitados no podían moverse de la gran criatura que permanecía de pie a varios metros de él; su boca permanecía abierta en un gesto de asombro infinito y sus pies no atinaban si debían avanzar o retroceder.

Pero Antonio siempre fue muy valiente, a pesar de vivir en la gran ciudad, la vida lo llevó a enfrentar lo desconocido muchas veces antes y aunque ahora estaba fuera de su hábitat común, la maravilla que hoy se le presentaba solo debía sumarla a su lista de aventuras.

El animal era enorme e imponente, por lo menos tendría 6 ó 7 veces el tamaño de Antonio; la bestia era de color negro, aunque en ocasiones parecía tener tonos tornasoles azulados. El ser se había percatado de la presencia de Antonio pero no mostraba temor alguno, de hecho parecía verlo con cierta altivez, con un poco de prepotencia, incluso.

Antonio dio un paso al frente y entonces la grave voz del hombre que lo acompañaba le dijo “¡Espera!”,  Antonio solo levantó la mano en modo tranquilizador, diciendo “No te preocupes, sé que no debo acercarme demasiado, solo quiero verlo mejor”.

Guardando una distancia pertinente, Antonio caminó alrededor de la criatura admirando su porte y gallardía, mientras el animal, más curioso que inquieto, solo se mantenía atento a la situación.

-Debo montarlo -dijo con determinación.

-¿Estás seguro? -preguntó su acompañante.

Tras una pausa de tres segundos, Antonio respondió:

-Sí, lo haré.

-Me alegra que seas tan valiente, pero sé que hay otros más pequeños por ahí. –dijo el hombre con la intención de persuadirlo.

-Sé que hay más pequeños, pero quiero este, sé que puedo.

-Muy bien -dijo el hombre tomando a Antonio de la cintura- pero agárrate bien de la soga.

-Sí, papá, ya sé –dijo Antonio al momento que su padre lo colocaba sobre el hermoso caballo negro.

Y así, a sus casi 7 años de edad, Antonio montó un caballo, por primera vez.

Por cierto, ¿qué tal funciona en estos tiempos tu capacidad de asombro?

Desde mi propio Aleph, quedo con ustedes.

Hasta la proxima.

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Comics, Literatura Ilustrada

“Tío Ben: Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. ( En la primera historieta de Spider-Man, en el nº 15 de Amazing Fantasy, 10 de agosto de 1963, por Stan Lee y Steve Ditko).

Durante muchos años he coleccionado comics, especialmente de Spider-man, tengo entre 3 mil y 5 mil, no llevo la cuenta exacta.

Las historias de comic no son, como la gente piensa, solo cuentos para niños, aunque hay literatura gráfica dedicada a ellos, la mayoría de los comics de compañías como MARVEL, DC, IMAGE o Dark Horse están dirigidos a todo tipo de público y en muchos casos, exclusívamente adultos.

En el siguiente podcast mi amigo Illich y yo hablamos más al respecto, espero que les agrade y nos den sus comentarios hacerca de su opinión sobre los comics y sus preferidos.

http://www.goear.com/listen/4779202/comics-literatura-ilustrada-illich-cruz-y-eduardo-ceballos

Desde mi propio Aleph, quedo con ustedes.

Hasta la próxima.

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Los huesos del abuelo

“El día de tu muerte sucederá que lo que tú posees en este mundo pasará a manos de otra persona. Pero lo que tú eres será tuyo por siempre” (Henry Van Dyke).

Es fin de semana y me dirijo a visitar a la abuela, pero esta vez confieso que mi motivación absoluta es el morbo.

No podía creerlo cuando mi primo Alex me dijo que mi abuela guardaba los huesos de mi abuelo en su ropero, quiero decir, no solo suena absurdo que alguien guarde los restos de un familiar en el ropero, sino que además mi abuelo era demasiado alto como para caber ahí… ¿o lo tendría en una caja? Alex no me especificó eso, yo solo imaginé el esqueleto parado como en las películas, tal vez enlazando los huesos con hilo y colgado de algún modo. Eso tenía que verlo yo mismo, ya que seguro de que si le preguntaba a la abuela, ella se saldría por la tangente como acostumbra hacerlo cada vez que no quiere responder algo, como aquella vez que le pregunté si pasaría navidad en mi casa o con mis tíos y solo respondió:

-¿El domingo ya cambia el horario de verano, verdad? –decía mientras mantenía la vista fija en su tejido.

-Sí abuela –respondí- ¿pero qué opinas sobre lo de navidad?

-Ahhh, ya el domingo –Decía ella suspirando- ¡cómo se pasa el tiempo!

-Entonces, qué opinas –insistí.

-El domingo…. dominguito, dominguito –decía de nuevo perdida en su tejido mientras se mecía en la mecedora, y yo me rendí.

Y bueno, pensándolo bien, hay mucha gente que guarda cosas extrañas, yo por ejemplo, tengo una bola de papel aluminio del tamaño de un melón, he ido juntando envolturas de aluminio de chocolates y de lo que sea durante años y algún día tendré la bola de papel aluminio más grande del mundo!… Al abuelo le habría gustado ver eso… y seguro también se le habría hecho raro que alguien guardara su esqueleto en un ropero.

Cuando mi primo me lo dijo pensé que estaba bromeando, pero el modo en que me lo afirmaba me hizo creerlo. “En serio wey -dijo Alex-, Chavela me dijo que cuando limpiaba la casa de la abuela vio los huesos en el ropero y se llevó un susto de la tiznada y mi abuela le dijo que no tenía por qué asustarse, si conoció a su viejo y sabía que era muy buena gente y ella no podía deshacerse de algo así, pero igual Chavela ya no quiso volver a limpiar el ropero”.

Y de verdad el abuelo era bueno y muy gracioso, se la pasaba riendo todo el tiempo y enseñando esa sonrisota todavía con todos sus dientes; seguro que si veo los dientes reconoceré la sonrisa. Soy muy bueno para reconocer a la gente aún años después, como cuando nos juntamos los amigos de la universidad a 15 años de haber salido y pude reconocerlos a todos, incluso a Susy con su nueva nariz, sus nuevas bubis copa C y el cabello rubio que nunca tuvo en la escuela o a Carlos con sus kilos de más y cabello de menos; eso le pasa por burlarse del gordito del salón; “es el Karma”, habría dicho mi abuela.

¿Y mi abuela no pensará en eso del Karma por tener al abuelo en el ropero? ¿Además, para qué lo quiere ahí?, supongo que no se entretendrá armándolo y desarmándolo como si fuera un LEGO.

Yo era aún un adolecente cuando el abuelo murió, pero recuerdo que era un hombre muy ingenioso y con grandes habilidades, por ejemplo, podía quedarse dormido sentado con una cheve en la mano y despertar dos horas después para darle otro trago sin haber derramado ni una gota durante el sueño.

Al llegar a la casa de la abuela Chavela me abre la puerta y me saluda con el cariño de siempre. “¿Quién llegó, Chave?” grita mi abuela desde el jardín, donde habitualmente pasa las tardes “Es el joven Ricardo, Doña Laurita”, le responde Chave en tono alegre.

En el jardín mi abuela teje casi de memoria, pues ya casi no ve y al llegar la saludo con un beso y me dice:

-Hola hijo, ¿cómo estás?

-Bien, abuelita ¿y tú?

-Muy bien, pero pues ya casi no veo nada; ¡oye pero que guapo estás y cómo has crecido!

-Gracias abuelita, pero mido lo mismo desde los 16 años.

-¿Quieres comer algo, hijo, o un cafecito?

-No abuelita, gracias, solo pasé rápido a saludarte y ver si me prestabas uno de tus álbumes de fotos de la familia para enseñárselos a mi esposa.

-¡Ay, no me digas que te casaste!, muchas felicidades.

-Gracias abuelita, de hecho tú fuiste a la boda.

-Ah sí, es verdad. ¿Y cómo está Lucy?

-Se llama Tere, abue, y está muy bien, gracias. ¿Oye puedo pasar por el álbum?

-Si hijo, pasa, están en la cómoda de mi recámara.

Al llegar a la recámara inmediatamente abrí el ropero tratando de no hacer ruido, pero no pude evitar el rechinido de la antiquísima puerta, inmediatamente vi una caja y al abrirla ahí estaban, un montón de huesos revueltos, tenía que revisarlos, pero en eso oí los pasos de Chavela acercándose y decidí levantar la caja, luego vi los álbumes sobre la cómoda, tomé uno al azar y lo coloqué encima, salí de la habitación y me topé de frente a Chavela que venía con mi abuela tomada del brazo.

-¿Te vas a llevar también los huesos de tu abuelo, hijito? –dijo mi abuela con la mayor tranquilidad, así que no tuve mayor empacho en preguntarle directamente.

-Abuela, pero ¿de verdad estos huesos son del abuelo?

-Claro, hijito y puedes presumírselos a Teresita –y con una gran sonrisa de orgullo añadió-; es más, llévate también los fósiles que están en el otro cuarto, tu abuelo siempre se enorgulleció de sus hallazgos arqueológicos.

Desde mi propio Aleph, quedo con ustedes.

Hasta la próxima.

Otras lecturas recomendadas para está época:

 
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La suma de todos

“Cada nuevo amigo que ganamos en la carrera de la vida nos perfecciona y enriquece más aún por lo que nos descubre de nosotros mismos, que por lo que de él mismo nos da”.

(Miguel de Unamuno).

 …

Recientemente leía de nuevo a Borges con un tema diferente, esta vez fue algo banal pero entretenido, era el libro “Manual de zoología fantástica” y al leerlo sentí como cuando alguien platica de nuevo con un amigo frecuente, uno de esos amigos al que ya le conoces hasta las expresiones; claro que Borges es muy versátil y ese conocimiento común es muy sutil.

Este reconocimiento sucede siempre con cada autor; me resulta muy simpático, por ejemplo, que luego de leer a Nietzsche o a Shakespeare mis pensamientos se expresan en ese lenguaje antiguo sin desearlo conscientemente, lo que siempre me parece divertido. Es como cuando después de juntarte con un amigo por cierto tiempo, terminas utilizando su acento, lenguaje o expresiones y de pronto de encuentras saludando a otros con un “¡Quiubas-dubas!” o diciéndole “compi” a medio mundo, es como ser un pequeño Zelig de Woody Allen.

El mismo Shakespeare decía “Los amigos que tienes y cuya amistad ya has puesto a prueba, engánchalos a tu alma con ganchos de acero”, sin embargo, yo pienso que cuando tienes un verdadero amigo, de esos que llegas a considerar hermanos, la sola convivencia se encarga de hacer esos enganches de acero, ya que sin importar la distancia o el tiempo se mantiene firme el lazo. Con los autores me parece igual, con frecuencia busco algo nuevo de mis favoritos, a ver que tienen de nuevo para contarme.

Me pregunto con frecuencia si estos autores pensaron en que alguien los llegaría a considerar tan familiares en su escritura, o a adoptar sus ideas, a concordar con sus pensamientos o incluso a discutirlos.

Jorge Luis Borges dice que “Cuando uno escribe, el lector es uno”; yo a veces leo lo que he escrito, incluso de años atrás, pero soy muy duro conmigo mismo y, aunque no he de negar que algunas cosas que escribí me han gustado, mi crítica personal es muy inquisitiva. ¿Me pregunto si tú que me has leído anteriormente te has quedado con algo o simplemente soy letras que pasan? ¿Alguna vez alimenté de algún modo tu mente o tus sentimientos?

Y hablando de ti mismo,  me pregunto y te pregunto ¿te sueles escuchar con atención o eres de los que se ignoran a si mismos prefiriendo escuchar a los demás? ¿O eres de los que ni siquiera se dirigen la palabra? Tal vez aquí diría Nietzsche, “Si vas a amar al prójimo como a ti mismo, sé de antemano, de los que se aman a si mismos”.

Hablar con un amigo durante un tiempo, así como leer a alguien, suele dejarnos una etiqueta en el habla o en el pensamiento, generalmente de forma positiva y pienso que esa socialización debe ser constante y variada a fin de nutrir nuestro pensamiento y estar conscientes de que somos una amalgama de seres con los que hemos convivido o de los que hemos aprendido, siendo, sin embargo, cada uno de nosotros una combinación única e irrepetible en el universo. Coincido con Sagan en que no sé si haya vida en otros planetas, pero sé que de haberla no serían humanos y sé que en definitiva, ningún ser en todo el cosmos sería como tú que me lees o como yo que te escribo y somos especialmente únicos los unos gracias a los otros y eso es absolutamente maravilloso, porque me encanta tener algo de Borges, de Shakespeare, de Nietzsche y gran parte de ti y sin embargo seguir siendo original, o como lo expresaría Ortega y Gasset, “yo soy yo y mi circunstancia”.

Desde mi propio Aleph, quedo con ustedes.

Hasta la próxima.

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