Adivina el año

Louis Armstrong

 

 

 

 

 

 

“El tiempo es el mejor autor, siempre encuentra el final perfecto” (Charles Chaplin).

 

Comprendo la importancia de económica que conlleva la modernidad, sobre todo luego de la gran guerra, y concuerdo con el presidente Cooldrige cuando señala que “No hay desarrollo físico, intelectual o técnico sin esfuerzo y el esfuerzo significa trabajo”, no obstante, dicha evolución representa sacrificio. Me sentía hastiado del trabajo y el bullicio citadino, entre el creciente estruendo de los modernos vehículos a motor, que resultaban más que audibles en cualquier rincón de mi hogar, ya no era capaz ni siquiera de disfrutar mi ansiada lectura de “La Fugitiva”, el más reciente libro de Marcel Proust, pues el ruido me distraía inexorablemente.

En ocasiones traté de leer en algún apacible café, mas la necesidad de escándalo por parte del pueblo parecía primar al placer del silencio y en cada rincón de la ciudad no se dejaba de escuchar a Louis Armstrong & His Hot Seven con su “Potato Head Blues”, que ya retumbaba en mi cabeza, seguro el mundo no llegará a conocer música más ruidosa y alocada.

Pocas tardes libres tiene el hombre trabajador, sin embargo, las hay y desaprovecharlas es ofender a la oportunidad. En una de dichas aisladas ocasiones me sentía con un espíritu particularmente aventurero, pues había leído en el diario matutino que Lindbergh había logrado aterrizar con éxito en París tras 33 horas de vuelo ininterrumpido. Lamentablemente yo no contaba con la posibilidad de arriesgarme a una aventura tal, empero sentía la necesidad de hacer algo diferente, por lo que al menos me atreví a ir al bosque, uno cercano a la ciudad, no obstante, poco frecuentado. El paraje era húmedo y frio esa tarde, mas no me resultó en absoluto despreciable, por el contrario, el menor cambio deriva en una experiencia que rasga la cotidianidad.

Recorrer caminos, para mí inexplorados, es un placer del que gocé en mi juventud temprana y esa tarde avivé mi osada curiosidad cansada, acompañado, por supuesto, de la escopeta que me obsequió mi padre, pues uno nunca sabe si se topará con un oso o algo más.

No mucho pasó de iniciada mi caminata, cuando lo que pareció un susurro ininteligible llamó mi atención. Me detuve y volteé a mi alrededor en la búsqueda de explicación, para encontrar que solo árboles vivos y hojas muertas acompañaban mi camino; di un par de pasos más para continuar mi exploración y nuevamente me pareció escuchar un bisbiseo aún incoherente para mis oídos, pero que no me dejaba duda de ser real. No podía distinguir su dirección y temí ser objetivo de rufianes, por lo que puse mi arma en guardia y exclamé en voz alta “Sal a donde pueda verte y no intentes nada, que vengo armado y aún sin escopeta, sábete que he entrenado con Tom Heeney, así que mis golpes son mortales”, esperando que al rufián no le influyese la reciente derrota de Heeney a manos del Español.

No recibí más respuesta que un murmullo similar al anterior, sin embargo, ahora podía ubicar una dirección y aún más, conforme me fui acercando distinguí una especie de ritmo extraño y entonces pude empezar a notar aquellas voces, eran personas, hombres y mujeres que hablaban de forma atípica por demás, es decir, hablaban mi idioma, pero con palabras extrañas, estrafalarias y un acento sumamente osco y vulgar, incluso en las mujeres.

Al estar más cerca pude distinguir una especie de campamento había dos varones y dos damas (aunque no sé si sea el calificativo adecuado), ninguno pasaba de los 20 años y sus atuendos eran desprolijos, ellas no lucían peinados, una era castaña y llevaba el cabello suelto apenas hasta los hombros y estaba sentada en una especie de silla hecha a base de delgados tubos y tela, extendiendo sus manos hacia la fogata que había al centro y que era avivada por uno de los jóvenes; mientras la otra, rubia y con el cabello atado en coleta, permanecía de pie hablando con un varón afroamericano y todos sostenían botellas verdes de las que sorbían de vez en cuando. Sus vestimentas eran muy singulares, todos vestían pantalones, incluso las mujeres y usaban gruesas chaquetas acolchonadas.

Particularmente llamó mi atención un objeto al lado de ellos, asumo que era un vehículo de motor, sin embargo, sus ruedas eran anchas y negras con un círculo de metal plateado al centro, el coche era de color rojo y totalmente cerrado, con ventanas a su alrededor y al frente lucía en plateado la palabra “Jeep”; de este salía una música extraña que repetía una y otra vez en su ritmo monótono: “Got the club goin’ up on a Tuesday, Got your girl in the cut and she choosey”.

Sin lugar a duda lo que me dejó helado, fue lo que pude interferir de su irregular conversación:

-Wey, no mames, que pedo con este pinche bosque Friky – expresó la castaña.

-Qué tiene de malo Barbie, la cosa era pasarla tipo cool y así – respondió el que avivaba el fuego.

-Claro compadre, de eso se trata – añadió el afroamericano, brindando con su botella verde.

-OK, Ray, pero, tipo, no teníamos que venir justamente al lugar donde se aparece el fantasma y así – interpuso de nuevo la castaña.

-¡Ah, chinga!, ¿Osea, cuál fantasma? – cuestionó el joven blanco.

-¿Apoco no saben? – dijo la rubia – el de un wey que se perdió en el bosque hace como, tipo, 100 años o algo así.

 

Desde mi propio Aleph, quedo con ustedes.

Hasta la próxima.

 

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